Me sale escribirte porque ya no tengo cómo evadirlo.
Los escalofríos me dicen que esto no es un “y ya” como
acostumbro decir.
Mi cuerpo manifiesta una incomodidad que no sabe ocultar.
No es rabia, tristeza; no es alegría ni es temor. Son celos.
Suelo tener escalofríos cuando no me siento a gusto con una
situación en vivo.
Como pasa ahora: suena tu teléfono, es ella. Se borra la
hipnosis lograda por horas.
Ya no estamos acostados, por decir una posición.
Ya se fue el nosotros y cada uno entró en su cotidianidad. Y
en la tuya, está ella.
Los celos activan todo. El imaginario contenido de que ella
también estuvo en esta cama contigo es más real que los escalofríos que no
cesan.
“Pero este es el primer paso, ¿no?” me digo a mi misma,
retórica. “Sí, el primer paso es aceptarlo”, me respondo. Es eso.
Como vinieron han de irse los escalofríos pues lo que está
claro, es que solo somos de a ratos. Acepto.
Se van los escalofríos y se calma el pensamiento que ya no
evado.
La incomodidad duró el tiempo de tu llamada y dejó marca.
15 minutos bastaron para calmar mi revolución de mayo.
15 minutos bastaron para calmar mi revolución de mayo.
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