Hace 4 años yo tenía 23 años. Transcurría el año 2012, uno de los supuestos finales del mundo -esta vez según predicción de los Mayas-, y en Caracas, se vislumbraba el final de la historia de algunos en la ciudad. Yo estudiaba Comunicación Social en la UCV. En aquel momento, retomaba clases luego de una pausa grande que me tomé, y ya era parte de mi rutina estar al pendiente de videos, lanzamientos, shows o en resumen, todo lo que fuera noticia para darle cobertura o simplemente estar enterada. Estar informada se ha había convertido en una necesidad adquirida.
Aun así, hacía cosas de joven caraqueña: salir del trabajo e ir por pizza y cervezas, ir al teatro o alternar el entretenimiento con los martes y jueves de yoga detrás de la Concha Acústica del Parque del Este, al cual llegaba caminando por la proximidad de mi trabajo. A veces me regresaba al trabajo y seguía en lo mío. En ese tiempo, unos chamos contemporáneos conmigo publicaron un video en redes sociales cuyo origen fue una asignación académica cuyo valor temático escalaría fuera de las aulas. El video fue titulado “Caracas, ciudad de despedidas”.
El material mostraba la perspectiva de unos veinteañeros sobre la diáspora de venezolanos que, para ellos, ya abarcaba sus círculos más cercanos, respondiendo la interrogante principal del corto-documental sobre si se irían o no de Venezuela, en este caso específico, Caracas. El contenido del video levantó mucha polvareda. Fueron necesarios abrir espacios para el intercambio de opiniones y exposición de argumentos que explotaron en redes sociales y llegaron a las aulas de varias universidades. Los espectadores se dividían entre los que apoyaban el corto en su fondo temático y forma de explicarse; los que apoyábamos el fondo y no la forma – hablo con esto del cómo, los argumentos que sostenían los entrevistados-, y los que rechazaban el material en su totalidad.
Hace 4 años, esos jóvenes dijeron que se irían demasiado de un país donde no se sentían seguros, donde no les gustaba la gente, donde sentían que no pertenecían y buscaban una solución fuera de él para hallar mejor calidad de vida. Pasaban por situaciones de relaciones a distancia, familiares y de pareja; ida por estudios o campo laboral. Sus fines de semana se habían llenado de fiestas de despedidas. Esos argumentos iban acompañados de una sensación amor-odio: el momento en el que sus reclamos dejan de ser simplemente una queja y se cargan de ira o nostalgia según sientan, dirigidos a Caracas como personificación de quien ellos se confesaban enamorados pero con quien no querían/podían vivir.
Sin embargo, el boom del video pasó y quedaron frases como “me iría demasiado” como referentes culturales en nuestro argot para preguntar si alguien se va de viaje de vacaciones o se va, se va demasiado. Yo trabajé en una agencia digital de la que se iban muchas personas todo el tiempo por distintas razones y la bautizamos como “xxxxx, oficina de despedidas” – sí, el chiste de todo. Reafirmando nuestra nacionalidad-.
En ese tiempo, ya una de mis amigas se había ido del país, sin embargo, todo para mejor, ¿no? Eso nos repetíamos. Yo seguía haciendo vida nocturna: materias hasta tarde en la Universidad, una que otra escapada a Greenwich, el bar pub. El transcurrir en una ciudad vivible, aún.
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Entre los años 2000 y 2015, 233.097 venezolanos se fueron a vivir al exterior, cuyo número aumentó considerablemente a partir del año 2005 según estadísticas de flujo migratorio. Se afirma están repartidos entre 67 países del mundo. La escena previa a que emprendan vuelo a su destino ocurre en el Aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía.
Yo he pisado pocas veces ese aeropuerto para escenificar despedidas. La primera vez, junto a mi madre, para despedir a una amiga suya que había conocido a un español con el que sostenía una relación on line y al que la mujer se aventuraría a conocer en persona. Ese día experimentábamos expectativa y felicidad. La mayor de las dudas era que Mari, la amiga de mi madre, pasara el infortunio de que su amor no existiera pero luego de unas horas, comprobaríamos que sí. Aquello fue alegría por la locura del amor. Yo era pequeña y me emocionaba imaginar el final feliz.
Mis próximas veces de despedidas en Maiquetía sí tuvieron llanto provocado por lo mucho que cuesta dejar ir. Despedí a dos amigos (una ella y un él), cada uno en su ocasión. A él lo fui a buscar a casa para llevarlo al sitio. A ella hasta le acomodé la maleta en el aeropuerto. Ese instante antes de que atraviesen la puerta de embarque lo describiría como la hora de la verdad donde el soundtrack puede ser “No es más que un hasta luego” pero que cada vez, se entiende con mayor claridad como el momento de avanzar y buscar lo que aquí se encuentra tan oculto y difícil de encontrar.
Estas situaciones las viví a finales de 2015 y marzo de 2016. Hacia atrás, tengo unos años 2013, 2014 y 2015 full de pasos previos al aeropuerto: fiestas de despedida, repartición de bienes, conversaciones de “¿y tú para cuándo?”, cada vez en mayor cantidad y más seguidas. Hasta llegaron a decirme que eran tantas las veces por la cantidad de personas que conocía y la César González – el amigo de todos- que llegué a ser.
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En 2015, el grupo de la pizza y la cerveza inicial ya no estaba. La cosa se sentía igual que cuando relevaron a los Mighty Morphin. Yo ya había pasado un episodio con el hampa pero seguía firme en que aunque esto se lo quisiera llevar el que lo trajo, no me iba a llevar con él.
Las despedidas dejaron de ser en locales y nos refugiamos en casas. Los chinos se pusieron caros y que nos agarrara la noche ya no era opción. Con la edad, a uno se le va quitando el amor por el peligro y el sentimiento de ser invencible.
Entonces, llegó el momento de echar cuenta y ya eran más los idos que los quedados – porque es así, uno se siente quedado, en el aparato. Como que otros entendieron algo más rápido que uno todavía no procesa-. Los cumpleaños se pusieron intercontinentales, ya sea porque el día empezara primero aquí o en el lugar donde se encontraran. Los días del cumpleaños se convertirían en períodos de 30 horas que dan chance a que tus amigos regados entre los 67 países coloquen su felicitación respectiva en el muro de Facebook.
Las redes sociales se convirtieron en el point de coincidencia y los memes, videos y gif suplantaron la pizza y la cerveza que compartíamos.
Hablar por Skype, estar muchas horas vía Wa y chatear por cuanto inbox nos permita la tecnología son ejercicios que hacemos para acortar la distancia y que ayudan a mis amigos y a mi a mantenernos conectados. También porque muchos de sus familiares y otros amigos siguen en Venezuela. Dejaron sus “por si acasos”, los “aquí te espero” y los besos en la frente que muchas de su mamás y tías con Smartphone les mandan con un “DTB”.
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El que se queda no está presente del todo. El que se queda busca espacios que sirvan de refugio para evadir, aunque sea unas horas al día, la situación complicada en la que se encuentra Venezuela este 2016. Ya sea que vivas solo, con tu pareja, tengas chamos o una familia entera por la cual velar, todos atravesamos el riesgo de ser víctimas de una de tantas armas que están en la calle, de que no haya alumbrado, de que te roben, violen o maten. Todos estamos expuestos.
Recientemente, yo estuve expuesta. Mucho antes de que pasara, yo había adquirido compromisos laborales que contribuían a la formación y mejora de otros venezolanos movida por mis ganas de ser útil: entré como docente en la Universidad que me formó y por otra parte, trabajé con beneficios para agricultores, lo que me condujo a conocer a muchos hombres cuatriboleados – porque no encontré mejor palabra-, que se ingenian alternativas para no dejarse llevar por la tragedia. Si esas personas fueran objetos serían los salvavidas, los flotadores, los remos, los instrumentos que no nos permitirían ahogarnos. Para mí, eso son los profesores, agricultores, empresarios y trabajadores con los que intercambié vivencias en los últimos dos años.
A mis 27 años, ya hice varios checks de la lista de “Caracas, ciudad de despedidas” y la siguiente será despedirme. Aun cuando me falten semanas para emprender vuelo, hoy amanecí extrañando: extraño a mis amigos, extraño a mi novio con el que ya tengo una relación a distancia, extraño cómo me podía mover por Caracas y que ya no porque no quiero llegar tarde a mi casa. Eso es parte de mi descripción de estar aquí pero no estar presente del todo.
Cada uno tendrá su forma de despedirse y sabrá de qué hacerlo pero para los caraqueños, existen lugares comunes a los cuales decirles adiós un rato; las caminatas, el cafecito, los museos. Hay que evitar que nos quiten nuestros refugios y que nos desconecten de los sitios a los que aprendimos a verle el lado amable. De la gente, nuestra familia y amigos, nos despedimos con besos y abrazos hasta que agarremos Wi-Fi al pisar tierra en el destino y que todos estos años pasados, nos sirvan para mejorar la habilidad de acortar distancias. Hasta allí los hasta luegos y los vuelve pronto.
Despídase, entonces, de lo malo. Lo que lo conduce a ver esta ida como un escape y no como un crecimiento. Que la nostalgia lo impulse a promover lo bueno que aprendió y ayudar a otros como lo hizo aquí. Ahora, que no nos ocupe saber si el que se ha ido regresará o no. De eso nos ocupamos luego cuando aprendamos lo que nos quiere dejar este episodio en nuestras vidas. Cuando dejemos de ser los quedados y comprendamos qué era realmente lo que debíamos despedir.
MJ
Título inspirado en: “What do you talk about when you talk about love”.
Fuentes:
Caracas Ciudad de Despedidas http://dai.ly/xql04u
¿Cuántos son y dónde están los venezolanos que se han ido del país? http://goo.gl/8JVOpx
buen viaje
ResponderEliminarGracias, querido mio. Un abrazo.
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