A un año de la muerte de Bassil Da Costa, la imagen de su rostro, pintado con aerosol sobre kioskos y santa marías, cubre muchos espacios de esta ciudad como testimonio de las violaciones de Derechos Humanos, de las palabras de su primo que lo asistió en el suceso, del terror vivido por los manifestantes del 12F y del descontrol en el uso de armas de fuego que existe en Venezuela, entre otras tantas denuncias que se ahogan entre sí para salir del pozo de la impunidad.
Detenerse a observar esas pinturas genera un ejercicio de reflexión interna que imagino, buscaban sus autores cada vez que alguien se detuviera en el detalle. Me pasa, muchas veces, que asumo estas imágenes como parte del ambiente,como una protesta más en este proceso donde el miedo se volvió costumbre, donde la coercion de los cuerpos policiales y de seguridad del Estado aún parece lejana pero no, es posible que le ocurra a cualquiera.
Sin conocer a este chamo ni tener nexos con él (a pesar de que Caracas sea un pueblo con metro) su muerte me pegó, entre las razones, porque él iba corriendo y lo mataron de espalda, porque una investigación de la prensa fue la que dio con las pruebas de su asesinato y no la policía científica, porque era contemporáneo a mi... Por muchas razones, pero, en verdad, porque nadie debe pasar por encima de los derechos del otro y al él se lo hicieron y le quitaron la vida.
Cada hora, Venezuela suma muertos así, por disparos adrede y otros por balas perdidas de malandros o de policías o de cualquiera que tenga un arma y mientras, los vivos (por el hecho de respirar) seguimos trabajando, estudiando y resolviendo sobre la marcha hasta que llega el resultado de la reflexión y entiendes que en este país, nuestro sentido de vida es escapar de las balas.
Hoy reflexiono porque mañana hay que seguir, efectivamente, porque le quiero dar un sentido a mi vida en un país que me garantice que me debo preocupar por cómo aprovechar las oportunidades y que no sea el país el que me quite la oportunidad.

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