El 8 de noviembre de 2013 inició para mí un proceso de
cambio en mi forma de estar en la ciudad. Ese día, al final de la tarde, me colocaron
una pistola muy próxima a mi cuello para robarme el celular; por hipsterismos
de la vida ese día vestía con bufanda y esto impidió que el frío del arma, que
estaba de más en la escena, tocara mi cuello.
¿Qué hacías tú a esa hora en la calle ? ¡En Caracas no se puede estar de noche!
En la ciudad en la que estoy también nací y crecí; creía
entonces que por este principio estaba
en capacidad de prever situaciones como las que viví esa noche. Esta
afirmación la creía válida porque uno, el caraqueño, le conoce el modo al
malandro: ese histrionismo para armar escenas diarias de robos, hurtos y abusos
en un espacio donde, desde hace bastante rato, el telón no baja requiere que
todos estén alertas porque de repente te encuentras dentro del acto. Percibir
este lenguaje me daba esa “seguridad” de
prever y tomar caminos verdes, no salir ciertos días, a ciertas horas…
Ese día 8 quería compartir un momento especial con mi
familia y regalarles un sabor que ellas merecían conocer con el cual yo ya me
había encontrado en mi reciente expedición por las cocinas caraqueñas. Pero
debía trasladarme para buscarlo.
Ajá, ¿cuándo y dónde
la comprarás? ¡No llegues tarde!
Preámbulo: Es cumpleaños de mi hermana mayor y me comprometí
a llevar la torta a casa. 7pm, salgo de mi edificio de trabajo en Altamira y
atravesé la mezzanina del metro para acortar mi camino hacia Los Palos Grandes.
Mi meta estaba clara. Salí con el monedero y el celular en la mano porque según
mi “seguridad” en ese lugar no corría peligro, total, andaba en Chacao, pensaba.
Finalmente llego a mi
destino: Estoy en Franca. Qué elijo, qué les comparto. Hacer una recomendación es
un tema delicado, no quería quedar mal y por eso fui allí, porque sabía que no
había pele. La elección fue una torta de chocolate y nueces porque es mi
favorita by far y fui por lo seguro. Con la caja entre mis manos retorno a mi
trabajo para recoger mis macundales e ir a casa. Vuelvo a atravesar la
mezzanina del Metro.
Escena: Subo las escaleras de la salida más próxima a mi
trabajo y un hombre negro, alto, me llama por la espalda, volteo y cuando me
percato está a mi lado izquierdo colocando una pistola cerca de mi cuello e insultándome
como si yo le hubiese obligado a jugar un triple ganador en Chance A y salió en
Chance B. No entendía su rabia pero él sí mi miedo. Con el monedero y el
celular bajo la caja colorida que albergaba la torta, yo seguí sus instrucciones.
Se va con el celular y yo termino de subir las escaleras para salir de la
estación. La frase “te espero a la salida” cobró sentido de amenaza tácita cuando
noté que al salir de la estación, el sujeto seguía allí de pie entre el bululú
de los que arribaban a la parada provenientes del Metrobus. Corrí, toqué la
puerta del edificio con fuerza y el vigilante abrió al verme en el estado de
ganas de llorar-gritar-temblor-todo eso en el que estaba.
Olvidé cuál era mi propósito el resto de la noche. Aún así
esa noche permanece en mi mente y lo compruebo porque este relato llega luego
de 7 meses del hecho.
No lloré cuando entré al edificio, lo hice cuando llegué al piso 1 y recibí un abrazo con el que sentí que estaba a salvo. En ese momento
grité, pataleé, maldije y el resto es hoy. Comencé a escribir esto en el metro,
luego de tener una conversación de esas que uno agradece al final del día. Una
conversación sincera, sin fachada, Franca y que me hizo recordar que esa noche no pude comer torta. A veces ni tu torta favorita quita el mal sabor de un momento y en ese momento, lo mal que me sentía iba a arruinar mi percepción.
Hoy reafirmo lo importante que es encontrar un refugio, disfrutar los buenos momentos y tener un
lugar feliz dentro del ambiente hostil en el que nos envuelve la ciudad. Encontrarlo en un sabor es un buen comienzo.
Gracias Hugo por el primer abrazo.
A Tony y Astrid por los consecuentes.
A Yei, Ever y Carlos por la conversación de hoy.
A Franca por hacer que uno encuentre en sus sabores un lugar feliz.
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