Considero que el jueves y el viernes santo resultan los días más reflexivos del año. En Caracas, estamos quienes decidimos permanecer en nuestros hogares sin exponernos a las colas interminables en los terminales – es importante expresar “colas interminables” porque los caraqueños somos así, exagerados-. También está quien le tocó quedarse en su ciudad y no trasladarse porque simplemente no realizó la reservación de pasajes un año antes, tal como funciona nuestro sistema de transporte en feriados (recuerden que la narradora es caraqueña).
Enfatizo en el descanso del jueves y viernes santo porque soy una proletaria que le tocó trabajar hasta el miércoles santo.
Decido emprender camino por Caracas el viernes santo. Ese día las iglesias se convierten en museos. La gente entra por la puerta principal, se moviliza en curva y sale por la otra puerta. Algunos se quedan allí para rezar, llorar o expresar a su modo el amor al hombre que murió por nuestros feriados.
Me aventuré este año a asumir la semana santa con el criterio de mis 23 años sobre religión, posiblemente errado para alguien de 60. Encaminé mi recorrido a las 7 plazas. Puede que por hipster, 7 iglesias me parezcan demasiado mainstream.
De Libertador a Sucre, atravesé 3 municipios del Área Metropolitano de Caracas pisando en cada uno de ellos un espacio público: Plaza Bolívar, Plaza Caracas, Plaza El venezolano, La Isabel Católica (Plaza La Castellana), Altamira, Los Palos Grandes y finalmente, el Nivel Plaza del Centro Comercial Líder. Cumplí e instauré mi nuevo hobbie para evitar las colas nacionales de cada Semana Santa.
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