Ella es... Clasista.

Llámenme clasista pero las cicatrices que tenía ese pana en su rostro trajeron a mi mente una única frase: “Aquí fue”. La presunción de que aquel sujeto con cara de hampa cometería un desembolsillamiento colectivo no fue solo mía. En uno de los asientos cercanos, unas señoras aprietan sus pertenencias disimuladamente hacia su estomago. Movimientos lentos y sin sudor nervioso para que el individuo y su cómplice no huelan su miedo - El sentido del olfato es el mejor desarrollado por los osos polares, Jean Baptiste Grenouille y los malandros-. Mientras, observo la situación con mis audífonos puestos escuchando a Famasloop en el acto más clase media baja que me permite la situación.

El compañero del sujeto reparte las chucherías que entraron a vender en el vagón. ¡Já! Como si no nos diésemos cuenta de que esa es su táctica para dejarnos si acaso con el recuerdo de lo que está por suceder.

Le acepto a uno de ellos los chiclets que me ofrece – no vaya a ser que por maleducada me toque ser la primera víctima-. El otro sujeto, mientras, sostiene un celular.

 “¡SEÑOR! ¡Haga lo que vino a hacer y déjenos en paz!” exclame nunca porque no estoy tan loca como para ser la heroína del episodio.

Luego de que recogen de vuelta los chicles que no vendieron, dan las gracias y desalojan el vagón. No pasó nada… Sí, soy una clasista. 

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