No quiero decirlo en el título


Érase una tradicional venida a casa en el Metro de Caracas. Yo estaba a la altura del vagón con los puestos azules vacíos y ocupo uno “mientras tanto”. A la estación siguiente, cedo amablemente mi puesto a una viejita chévere que vi de pie.

Me levanto y la señora da su comentario matador de mi miércoles de vestido “¿Estas embarazada?”. Le digo que no y sonrío pero mi momento Ally McBeal le gritó: No tengo derecho a estar gorda ¿acaso?

Típico, la viejita se queda pegada con el tema y me lanzó su sermón. Todo esto porque incurrí en el delito de sentarme en un puesto azul. A su lado, está una señora que me lanza una mirada castigadora, de esas con la que llegas directo al último sótano del infierno, donde merezco estar por haberme sentado en un puesto azul.

Mientras esto pasa, unas señoras hablan francés a nuestro lado. ¿Qué dicen? No lo sé. Imagino que una le cuenta a la otra en su idioma que aquella chica – yo- fingió estar embarazada para sentarse en un puesto azul.

Si esta ciudad fuese un lugar mejor, le daríamos el puesto a aquellos que leen o escriben de pie – como hago en este momento porque después olvidaré lo que iba a escribir-. En mi caso, se aprovechan de mi equilibrio de no agarrarme de nada ni de nadie. Costumbre.

Ya han pasado varias estaciones y casi llego a mi destino. Atrás quedó el reclamo pero yo quedé con una indirecta de gorda y con la enseñanza de que ni por el cansancio se me ocurra sentarme en un puesto azul.

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