Aunque lo acabo de decir en el título, efectivamente, en
esta casa no se puede escribir. De hecho, en este momento detuve la segunda
oración que tenía en mente porque mi sobrina me preguntó por qué el cielo
estaba morado. Me paré y fui al balcón a acompañarla para despejar su duda. Desde
luego mi explicación fue digna de una tía y una ofensa para cualquier astrónomo
respetable. Fui una “cielóloga” por cuestión de segundos y mi respuesta la dejó
satisfecha.
Originalmente, la frase que afirmé durante mis cinco años de
carrera universitaria – sin sumar el que viene - es que “en esta casa no se
puede estudiar” pero para los fines de esto que hago, no estudio, escribo algo
más divertido.
Para sentarte frente a la PC tienes que contar con la
seguridad de que todo está hecho. Que la casa esté limpia – esa es la máxima de
esta casa de Monicas Geller-, que ya botaste la basura, que ya no hay que bajar
a comprar pan o ir a Farmatodo y salir de allí con un mercado por el cual no
fuiste inicialmente.
Seguro a alguien se le olvidó enviar un correo y lo hará
justo cuando te llegó la inspiración para escribir. Ese momento en el que tu
musa volvió de hacer compras en Nueva York con la tarjeta de 5 mil dólares que
le dieron Stacy London y Clinton Kelly de No
te lo pongas. La tienes allí, sobre ti. Susurrándote todo lo que estás
tecleando efusivamente y en ese momento, una Auday llega y te dice: “Es
rapidito, dame 5 minuto para enviarlo y listo”.
Si algo tenemos las mujeres de esta casa es que nos dan
ganas de hacer todo lo que hace la otra en ese momento en el que lo que se hace
no se puede compartir. Esto no es un piano. No se puede escribir a cuatro
manos.
Sin embargo, estoy aquí. Les escribí. Logré hacer el último párrafo
porque ya no podía con la presión de que necesitan enviar un correo
importantísimo para que la Tierra siga en rotación. Ya vengo.
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